El arte de la guerra azteca

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Definición

Mark Cartwright
por , traducido por Agustina Cardozo Sandes
Publicado el 18 marzo 2015
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Texto original en inglés: Aztec Warfare

Aztec Eagle Warrior (by Dennis Jarvis, CC BY-SA)
Guerrero azteca águila
Dennis Jarvis (CC BY-SA)

Los aztecas se involucraban en los asuntos de la guerra (yaoyotl) para adquirir territorio, recursos, disolver revueltas y obtener víctimas de sacrificio para honrar a sus dioses. La guerra, en la que se esperaba que todos los varones participaran activamente, era una parte fundamental de la cultura azteca y considerada una perpetua necesidad política y religiosa, a la que se hace referencia en poesía náhuatl como «el canto de los escudos». Los aztecas se esforzaban tanto en el combate que terminaron forjando un imperio de 200.000 kilómetros cuadrados, y en el momento de mayor poder, contaban con tributos de 371 ciudades-estado de 38 provincias.

La guerra en la mitología azteca

Los aztecas creían que Huitzilopochtli, dios del sol y de la guerra, había estado completamente armado y listo para la guerra desde el mismo momento en que nació del vientre de su madre, Coatlicue. De hecho, el primer acto de este dios de la guerra sediento de sangre fue matar sin piedad a su rebelde hermana Coyolxauhqui y a sus 400 hermanos, los Centzonhuitznahuac y los Centzonmimizcoa. En la mitología, los cuerpos desmembrados de Coyolxauhqui y de los otros 400 se convirtieron en la luna y las estrellas, respectivamente. La creencia azteca de que el conflicto entre Huitzilopochtli y sus hermanos se repetía cada día, simbolizado por la lucha entre el sol y la luna cada 24 horas, refleja el hecho de que los asuntos de la guerra eran realidad cotidiana. Incluso, la creencia de que los soldados caídos acompañaban al sol en su jornada diaria y más tarde retornaban a la tierra como colibríes es evidencia de la glorificación de la guerra. En honor a Huitzilopochtli, se hacían sacrificios humanos en su templo con regularidad, en la cima de la gran pirámide, el Templo Mayor en Tenochtitlán, la capital azteca. Uno de los más importantes de tales sacrificios ceremoniales se llevaba a cabo durante el solsticio de invierno, que era el comienzo tradicional de la temporada de campañas.

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SOLO LOS GUERREROS QUE HABÍAN DEMOSTRADO AL MENOS 20 ACTOS DE VALENTÍA EN BATALLA PODÍAN FORMAR PARTE DE LAS UNIDADES DE ÉLITE.

El ejército azteca

El comandante en jefe de la milicia era el propio rey, el tlatoani. Lo asistía su segundo al mando, que tenía el título de cihuacoatl. Cuatro de los nobles de más alto rango, usualmente familiares del rey, los acompañaban en concilios de guerra. Estos cuatro tenían los títulos de tlacochcalcatl, tlaccetacatl, tillancalqui, and etzhuanhuanco. Diversas unidades de soldados con diferentes categorías rendían cuentas al concilio; sin embargo, es pertinente señalar que los guerreros valientes y capacitados podían subir de categoría si capturaban una cantidad específica de prisioneros. El derecho a portar ciertos tocados de plumas, túnicas y joyería en la nariz, labios y oídos, eran símbolos aztecas que indicaban la categoría. Los de mayor categoría portaban grandes insignias de carrizo y plumas que se elevaban sobre sus hombros. Las unidades de más prestigio eran los cuauhchique o «los afeitados» y los otontin u «otomíes». A estas dos unidades de élite solo podían ingresar guerreros que hubieran demostrado al menos 20 actos de valentía en batalla y ya fueran miembros activos de los grupos de prestigio jaguar o águila. Mediante el valor, incluso las categorías más bajas podían gozar de privilegios como el derecho a comer en los palacios reales, tener concubinas y beber pulque en público en ocasiones especiales.

Desde temprana edad se entrenaba a los guerreros en instalaciones militares especiales, en las que aprendían a dominar las armas, las tácticas y donde guerreros veteranos los entretenían con historias de batallas. Los jóvenes también acompañaban al ejército azteca durante las campañas, encargándose del equipaje, y cuando finalmente se convertían en guerreros y tomaban su primer prisionero, podían cortarse la trenza de cabello que habían llevado en la nuca desde la edad de diez años. Los muchachos eran ya hombres listos para cumplir con su propósito: morir gloriosamente en combate y reencarnar como colibríes.

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Nada como la muerte en combate,

nada como la muerte florida

tan preciosa para Él quien da vida:

en la distancia la veo: ¡la añora mi corazón!

Canto náhuatl

Los aztecas no tenían un ejército permanente, pero reunían a los guerreros cuando era necesario. A cada pueblo se le exigía que aportara 400 hombres para campañas, durante las que permanecían en una unidad guiada por uno de los guerreros superiores, marchando bajo su propio estandarte, pero al mismo tiempo siendo parte de un grupo más grande de 8000 hombres. Para campañas de gran escala se podían movilizar hasta 25 de estas divisiones, es decir, 200.000 hombres. Además de hombres, los pueblos debían proveer maíz, frijoles y sal; que quienes manejaban el equipaje se encargaban de cargar. Durante las marchas, antes del ejército iban centinelas fácilmente reconocibles por sus rostros pintados de amarillo y sus trompetas de concha, así como sacerdotes portando imágenes de Huitzilopochtli. El cuerpo principal del ejército solía extenderse a lo largo de filas angostas por unos 25 kilómetros y llevaba a las unidades de élite al frente. Luego venían las unidades ordinarias de cada imperio aliado, comenzando con los ejércitos de Tenochtitlán, y en la retaguardia se ubicaban las tropas adquiridas de la cuota del tributo. Cuando era necesario, se tendían campamentos sencillos en refugios con cañas para los de élite y se dejaba el campo abierto para las tropas ordinarias.

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Aztec Warriors
Guerreros aztecas
Unknown (Public Domain)

Armas y armadura

Los guerreros aztecas, que desde niños aprendían a manejar las armas, eran expertos en el uso de macanas, arcos, lanzas, y dardos. Para protegerse del ataque enemigo usaban escudos redondos (chimalli) y, menos frecuentemente, cascos. También se portaba armadura en el cuerpo (ichcahuipilli) hecha con algodón trenzado que se empapaba en agua salada, para que su tejido se volviera más terso y más resistente a las embestidas del enemigo.

Las macanas o las espadas (macuahuitl) tenían navajas de obsidiana tachonadas, frágiles pero muy filosas. Las lanzas eran cortas y se usaban para herir y apuñalar al enemigo cuerpo a cuerpo. El atlatl era un dispositivo de madera que servía para lanzar dardos que permitía que un guerrero experto pudiera dirigir dardos mortíferos (mitl) o jabalinas (tlacochtli) con precisión desde una distancia segura del enemigo, o durante la primera etapa del combate, cuando los dos ejércitos se alineaban frente a frente. Los escudos de madera o caña se reforzaban con agregados de cuero y se decoraban con diseños heráldicos como pájaros, figuras geométricas y mariposas. Los guerreros de élite podían portar cascos de cuero laboriosamente grabados con símbolos de su categoría y unidad. No había un uniforme propiamente, pero los guerreros ordinarios vestían una túnica sobre un taparrabos y llevaban pinturas de guerra. Los guerreros de élite tenían un aspecto mucho más extravagante, con plumas exóticas y pieles de animales. Los guerreros jaguar vestían pieles de jaguar y cascos con colmillos, mientras que los guerreros águila vestían trajes emplumados enteros, con garras y cascos con pico.

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Estrategias

Las campañas solían empezar para compensar un daño, como el asesinato de comerciantes, la negativa a pagar tributos o la falta de representantes en alguna ceremonia importante en Tenochtitlán. Los aztecas siempre trataban de mantener una zona neutral entre su imperio y los estados vecinos. Estas áreas recibían un ligero mejor trato: gozaban de mayor autonomía y aportaban un tributo menor. Otro motivo para iniciar la guerra eran las Guerras de Coronación. Eran campañas tradicionales mediante las que el nuevo azteca tlatoani demostraba su valor luego de su coronación conquistando regiones y adquiriendo tributos y prisioneros para los sacrificios.

Antes del enfrentamiento real, se hacían misiones diplomáticas en donde embajadores (quauhquauhnochtzin) advertían sobre el precio de la derrota en combate, intentaban negociar con el enemigo un tributo razonable como alternativa pacífica y convencerlo de que aceptara la supremacía de los dioses aztecas. Además, se podían enviar espías (quimichtin o «ratones») al área objetivo haciéndose pasar por mercaderes, vestidos como los locales. Si la diplomacia fallaba, la guerra se tornaba necesaria y, si se derrotaba al ejército enemigo, se saqueaba la ciudad principal y la región entera se consideraba adquirida.

El campo de batalla es el lugar:

donde uno brinda con el licor divino en la guerra,

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donde se tiñen de rojo las águilas divinas,

donde gimen los jaguares,

donde toda clase de piedras preciosas llueve de los adornos,

donde ondulan los tocados ricos en finas plumas,

donde los príncipes se hacen pedacitos.

Canto náhuatl

En el campo de batalla, generalmente una llanura, era usual que antes del combate ambos ejércitos se formaran enfrentados y se gritaran, adoptaran ciertas posturas, hicieran sonar tambores, trompetas de conchas y flautas de hueso. Los líderes posicionaban sus tropas tomando la mayor ventaja de las características del terreno local, guiaban el frente y, para dar el ejemplo, eran los primeros en ir a la carga. Mientras los dos ejércitos se enfrentaban, se lanzaban piedras pesadas y una estampida mortífera de dardos. Luego se libraba un combate sangriento cuerpo a cuerpo, donde las lanzas y macanas con navajas de obsidiana dejaban al enemigo con heridas atemorizantes. Ya en este punto, todo el orden se había perdido y el combate se convertía en una serie de duelos independientes donde los guerreros trataban de capturar vivo a su oponente. De hecho, había asistentes que llevaban cuerdas al combate y se encargaban de amordazar de inmediato al guerrero desvanecido para los sacrificios posteriores. También se empleaban tácticas de señuelo, como simular la retirada u ocultarse en trincheras cubiertas de manera que las tropas enemigas fueran emboscadas. En general, la victoria se declaraba una vez que el templo principal del enemigo había sido saqueado. En general, la disciplina y osada ferocidad de los guerreros aztecas eran muy superiores a las del enemigo, lo que les aseguraba un éxito tras otro a lo largo y ancho del antiguo México.

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Aztec Empire Map
Mapa del imperio azteca
Simeon Netchev (CC BY-NC-SA)

Las guerras floridas

Además del deseo por más territorio y de botín de guerra, los aztecas muy a menudo emprendían campaña específicamente para adquirir víctimas para el sacrificio. De hecho, ambos bandos acordaban la batalla de antemano y convenían que el perdedor proveería guerreros para el sacrificio. Los aztecas creían que la sangre de las víctimas del sacrificio, especialmente de los guerreros más valientes, alimentaban al dios Huitzilopochtli. Capturadas tras la batalla, a las víctimas les arrancaban el corazón y su cadáver se despellejaba, desmembraba y decapitaba. Estas campañas eran conocidas como xochiyaoyotl o «guerras floridas» porque las víctimas eran guerreros vencidos que se amordazaban y cuyas vestimentas de guerra de espléndido plumaje lucían como flores cuando se transportaban sin compasión de vuelta a Tenochtitlán. Un general azteca llamado Tlacaelel asemejó el proceso con el de ir de compras a un mercado y afirmaba que las víctimas deberían ser fáciles de juntar como tortillas. Un terreno de cacería favorito para estas expediciones militares era Tlaxcala, estado ubicado al este, y ciudades como Atlixco, Huexotzingo y Cholula. El primer caso conocido de xochiyaoyotldata del año 1376 contra los Chalca, conflicto que, quizás sorprendentemente, se convirtió en una guerra a gran escala. Sin embargo, en general, la intención era solo tomar una cantidad de víctimas razonable y no ir de lleno con hostilidades, motivo por el cual muchas de las campañas aztecas no eran enfrentamientos decisivos con el fin de controlar territorio. No obstante, las guerras de las flores debieron servir como recordatorio de quién estaba a cargo, y también pudieron haber servido como depuración regular del poder militar de los opositores.

El provecho del vencedor

En primer lugar, el éxito en la guerra significaba nuevos territorios para los aztecas, además de la ampliación y fortalecimiento de su lucrativa red de comercio. Se distribuían parcelas de tierra a los nobles y a los guerreros de élite. La derrota no necesariamente implicaba que los vencidos abandonaran su estilo de vida, ya que muchas veces se dejaban a los regidores conquistados a cargo, aun cuando se masacraba a los pobladores y se reubicaba a los niños en diferentes comunidades. En general, el precio real de la derrota consistía, esencialmente, en acuerdos por los que quedaban obligados a pagar tributos frecuentes a sus nuevas autoridades, tanto con bienes como con personas. El tributo podía pagarse con esclavos, servicio militar, oro en polvo, joyas valiosas, metales, cobijas, ropa, algodón, plumas exóticas, escudos, tintura de cochinilla, caucho, conchas, grano, chiles, semillas de chocolate (cacao) y sal. Curiosamente, los aztecas también sacaban estatuas e ídolos, especialmente los de relevancia religiosa. Estos «capturados» se retenían en Tenochtitlán, como muestra de que la nueva autoridad no solo controlaba el territorio sino también su religión y sus ideas.

La caída azteca

Los aztecas tuvieron mucho éxito conquistando territorios vecinos, especialmente durante los gobiernos de Moctezuma I, Ahuizotl y Moctezuma II (Montezuma), aunque algunas veces fueron derrotados. Una de las peores derrotas fue contra los Tarascos en 1479, antiguos enemigos, cuando un ejército de 32.000 hombres liderado por Axayacatl fue arrasado en dos enfrentamientos cerca de Taximaloyan. Los aztecas también tenían que reprimir revueltas constantemente, los pueblos conquistados muchas veces se aliaban con los invasores europeos que llegaron en 1519. Los académicos también han notado que los métodos con que se conducía la guerra azteca (diplomacia previa al combate, ausencia de ataques sorpresivos y especialmente la falta de necesidad de destruir por completo al enemigo) dieron a los conquistadores españoles más directos una ventaja distintiva cuando buscaban colonizar el antiguo México. Las victorias simbólicas como las de las guerras floridas no formaban parte del ideal de los invasores europeos y la batalla por Mesoamérica posiblemente fue la primera y última experiencia azteca de guerra total.

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Sobre el traductor

Agustina Cardozo Sandes
Agustina es traductora pública y vive en Uruguay. Tiene estudios avanzados de lingüística, le encantan la historia y las humanidades en general. Es la editora de español de la World History Encyclopedia.

Sobre el autor

Mark Cartwright
Mark es un escritor de historia radicado en Italia. Sus intereses especiales incluyen la cerámica, la arquitectura, la mitología mundial y el descubrir las ideas que todas las civilizaciones tienen en común. Tiene un máster en Filosofía Política y es el director de publicaciones de la WHE.

Cita este trabajo

Estilo APA

Cartwright, M. (2015, marzo 18). El arte de la guerra azteca [Aztec Warfare]. (A. C. Sandes, Traductor). World History Encyclopedia. Recuperado de https://www.worldhistory.org/trans/es/1-12947/el-arte-de-la-guerra-azteca/

Estilo Chicago

Cartwright, Mark. "El arte de la guerra azteca." Traducido por Agustina Cardozo Sandes. World History Encyclopedia. Última modificación marzo 18, 2015. https://www.worldhistory.org/trans/es/1-12947/el-arte-de-la-guerra-azteca/.

Estilo MLA

Cartwright, Mark. "El arte de la guerra azteca." Traducido por Agustina Cardozo Sandes. World History Encyclopedia. World History Encyclopedia, 18 mar 2015. Web. 05 dic 2021.

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